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Lanjarón, 24 de marzo de 1995

Estimada Pandilla del Boli:

Como lo prometido es deuda, pues allá van estas letras. Os contaré mis vivencias. El viaje hasta Madrid, bien. Llegué a Madrid, y ya en la estación hice amistad con un matrimonio de Palencia, pues ellos venían de Valencia y su tren salía a la misma hora que el mío: ellos para Palencia y yo para Granada. Así es que parlando se nos pasaron las dos horas pronto. Yo me fui a mi tren a enfrentarme con lo desconocido.

Ya en el tren conocí a un señor que, por cierto, era de Granada, y entonces le pregunté lo que yo tenía que hacer para llegar a Lanjarón. El señor, muy amable, me puso al corriente de lo que tenía que hacer. En esto se presenta una señora corriendo, porque el tren ya estaba arrancando, y llegó a mi mismo departamento. Le pregunté: «¿No irá usted a Granada y a Lanjarón?», y me contestó que sí. «¿No será usted de Valladolid?» Y, con mucha alegría, me dijo: «Pues sí». Y no veáis qué alegría le entró, pues pensaba, como yo, que iba sola. Desde ese momento ya éramos dos.

Al llegar aquí encontramos a otras que también venían solas. Ellas eran de esta tierra, pues venían de Málaga, Granada, Córdoba, Almería, y otra de Barcelona. Cuando entramos en el balneario todas íbamos con una cara de susto… que después, a cuenta de eso, nos hemos reído lo suyo, pues formamos una panda tan unida que nos han colocado a todas en el mismo piso del hotel, y las mesas juntas.

Al balneario sólo subíamos por la mañana a beber el agua y a darnos los baños. Luego bajábamos al hotel, y aquí comemos y dormimos. Como no tenemos que hacer las labores, nos vamos a visitar el pueblo, que es pequeño y tiene unas calles muy estrechas y en cuesta; en muchas de ellas tienen una vitrina con una virgen o un santo, según la cofradía.

También hay una fuente que tiene en un altar a Santa Lucía, y su agua dicen que es buena para la vista, así que allí vamos todos los días a lavarnos los ojos. El pueblo está en un hoyo, rodeado de montes. Nos hemos subido a uno ayer, con una buena caminata. Pero es sanísimo, con tantos olivos, almendros, naranjos y toda clase de frutos. Ahora que están todos en flor está precioso.

También hemos salido a robar limones. Pero, como tienen hechos una especie de bancales donde están los árboles, casi no se puede subir, y una señora nos los daba. Pero yo le dije que queríamos robarlos, porque así están más buenos. ¡No veáis el trabajo que nos ha costado conseguirlos, pero por fin los cogimos!

Según nos han dicho, hay una ermita en todo lo alto, y un castillo medio en ruinas, y otro de San Isidro en otra peña. Si hace bueno, como hasta ahora, pensamos patearlo todo. Ya os contaré si lo conseguimos.

Bueno, espero vivir para contarlo.

Recibid un abrazo de esta amiga,

Eufrosina

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