Viaje a Aranda de Duero
Domingo 5 de mayo de 1995
Llegada a Aranda: fuimos recibidos y escoltados hasta el Ayuntamiento por la Policía Municipal; allí nos recibió una representante del mismo, hasta que llegó la Sra. Alcaldesa. Entramos en el Salón de Actos del Ayuntamiento, en el cual cada una de las representantes de su asociación expuso sus vivencias y sus trabas como mujeres al frente de sus organismos, y sus luchas para salir a flote de entre los hombres, pues, la verdad, hay que tener agallas para enfrentarse a ellos.
Después nos invitó a visitar una bodega que es una maravilla, en la cual nos invitaron a comer tortilla de patata y bonito, torreznillos y alguna chuchería más, todo ello con vino de la tierra servido en jarra de barro y copas de cristal, y platos de cerámica en lugar de plástico, como suele haber en esas ocasiones. Todo esto amenizado con cánticos y risas, en muy buena armonía.
De aquí salimos a visitar la iglesia, que por cierto es bonita y está en buen estado de conservación. Andando por sus calles llegamos a la Caja de Ahorros y bajamos al salón, en el cual cada una de las representantes expuso su cometido en su asociación, su labor social en cada caso. Hablando llegaron las 3:00 de la tarde, hora de comer.
En autocar nos llevaron a las afueras del pueblo a un restaurante. Cuando lo vi, en verdad pensé que tendríamos que dejar hasta el carnet de identidad. Es tan enorme y tan bien presentado, con esos muebles tan antiguos; hay de todo, lo mismo ves un altar que un confesionario, hay percheros, arcones, unas vigas antiguas, espejos, armarios; en fin, que parece un museo en lugar de un restaurante, y el lugar en que está, entre pinos y viñedos, fuera de la carretera, es propio para vivir una temporada de relax.
También nos dieron un aperitivo con salchichas y morcilla, limonada y vino. La comida, bien; el cardo rebozado con salsa verde estaba buenísimo. La pena fue que yo no tenía hambre y lo comí sin ganas, y el lechazo, si hubiera sido por la mañana, antes de la bodega, le habría sacado más partido. El postre, leche frita, estaba buenísimo. ¡Qué lástima de hambre!
Nos obsequiaron con bailes regionales y terminamos bailando todos, hasta la Sra. Alcaldesa.
También tuvieron el detalle de regalarnos un detallito de cerámica en el cual pedimos a la señora Alcaldesa que firmara, y aquí lo tenemos como un recuerdo muy entrañable de un día muy bonito, vivido con otras personas que el día anterior ni siquiera sabías que existían y con las que hemos hecho amistad, y que nos invitaron a sus fiestas el día dos de septiembre. Nos dijeron que hay una buena combinación de coches que van por la mañana y regresan por la tarde.
Bueno, eso fue todo; con las mismas, regreso a Valladolid, con llegada sobre las 8:30, buena hora para llegar a casa en autobús.
De todo ello queda un agradable recuerdo, que siempre hace buena falta.
Eufrosina Pérez
¡Se me olvidaba! Para bajar a la bodega hay cuarenta escalones, muy altos.